Conferencia Por qué escribo en catalán

(Conferencia pronunciada en la Universitat de Rennes –Bretaña- el 25 de marzo de 1999, y revisada en octubre de 2010)

La historia de la literatura catalana es una sucesión de flujos y reflujos. Nace en el siglo XIII con Ramon Llull (Raimundo Lulio). El movimiento es ascendente hasta el siglo XV, donde alcanza su punto culminante hasta hoy. Del siglo XVI al XIX duerme el sueño de los justos, hasta que es reanimada por el romanticismo tardío de la Renaixença o Renacimiento literario catalán. Tras unos lustros en la unidad de vigilancia intensiva, llega el siglo XX y un tal Xènius, llamado más tarde Don Eugenio d’Ors, inventa el Noucentisme (Novecentismo), y se inicia un movimiento de civilización y refrigeración. Los dictadores Primo de Rivera y, más tarde, Francisco Franco, son responsables de movimientos de reflujo notables. En 1975 muere Franco y la literatura catalana vuelve a iniciar un movimiento ascendente. Y así estamos hoy.

   El resurgimiento de la literatura catalana en la Renaixença, en pleno siglo XIX, no se puede separar de una cierta visión romántica del patriotismo, ocasionalmente conocido como nacionalismo. No es casual que el disparo de salida del movimiento de la Renaixença lo dé un poema titulado, precisamente, La pàtria, ni es casual que la patria sea uno de los temas principales en la producción poética del período. De hecho, los románticos son los que inventaron la historia de la literatura nacional, la literatura nacional e, incluso, la nación. Bajo las dictaduras de este siglo, sobre todo bajo el franquismo, el escritor en catalán era considerado una especie de templario que consagraba sus energías al servicio del país. La lengua y, en consecuencia, la literatura, han sido tradicionalmente los pilares del nacionalismo catalán. Durante el franquismo, las ceremonias en las que se concedían premios literarios se convertían en reuniones políticas apenas disimuladas, y los escritores de renombre ejercían un cierto papel de conciencia nacional. En algún momento pareció inviable criticar literariamente a un escritor independentista como Manuel de Pedrolo, del mismo modo que para algunos las relaciones de Josep Pla con el franquismo le invalidan como escritor en catalán. Pero hoy en día las cosas han cambiado.

   Cuando Francisco Franco prohibió y persiguió la lengua y la literatura catalanas, convirtió su uso en arma política. Igualmente, desde su muerte, la literatura catalana se está despolitizando, aunque no su gestión. Los autores catalanes de hoy -jóvenes o no tan jóvenes- a quienes leo con mayor placer e interés no escriben en catalán por razones políticas, sino por razones sentimentales o técnicas. Razones sentimentales porque, si la infancia es la única patria, la lengua materna resulta decisiva a la hora de expresarse. Razones técnicas porque difícilmente un escritor puede alcanzar el mismo nivel de eficacia en una lengua que no haya envuelto su vida a modo de ecosistema de signos.

   El caso es que actualmente también existen problemas técnicos, básicamente dos. El primer problema técnico puede resumirse del siguiente modo: hasta la muerte de Franco la enseñanza fue en castellano, por lo que en varias generaciones el dominio del código lingüístico catalán fue –o es- bastante precario. Resumiendo: los autores educados durante la Segunda República Española, cuando existía enseñanza en catalán, van desapareciendo; los educados en la posguerra, cuando el catalán estaba prohibido, acusan problemas de código; y los autores educados a partir de la transición, es decir, en catalán, apenas están empezando a publicar. Más adelante explicaré mi pertenencia a la generación de frontera, la que ha crecido bajo la dictadura y bajo la democracia. El segundo problema técnico procede de las lagunas históricas de la literatura catalana: no existe novela picaresca en catalán, como no existe un teatro barroco o un romanticismo homologable, y menos aún vanguardias sólidas y desacomplejadas más allá de unas pocas personalidades estelares: ¿qué sentido tiene dedicarse a destruir la tradición cuando es precisamente la tradición lo que falla?

   El problema se plantea en términos contradictorios. A menudo -aunque cada vez menos- el escritor en catalán no domina del todo la lengua que siente como propia y echa en falta unos determinados modelos o géneros literarios, que existen en castellano, francés o inglés. Por otro lado, se encuentra frente al castellano, es decir, una de las lenguas más poderosas del mundo, con una tradición literaria ininterrumpida y un saneamiento económico envidiable. El problema se llama mercado. Los lectores potenciales en lengua catalana son unos diez millones, pero cuatro de cada cinco libros puestos a la venta en Cataluña se editan en castellano. Las explicaciones son diversas: la oferta en castellano es más amplia, y las ediciones tienden a ser más baratas. Por otro lado, muchos lectores catalanohablantes han sido educados en castellano. Añádase a ello la fuerte emigración castellanohablante de los años sesenta y setenta. La inmensa mayoría de personas capaces de leer y escribir en catalán saben hacerlo también en castellano (no así los que tienen el castellano como lengua propia, que a menudo se muestran reticentes a leer en catalán). En Cataluña viven escritores como Eduardo Mendoza, Enrique Vila-Matas o Javier Cercas, y tienen su sede editoriales en castellano como Planeta, Anagrama, Acantilado, Tusquets o Alba. Todo eso resulta intelectualmente estimulante y a la vez económicamente insostenible para los escritores en catalán. Como hizo notar en alguna ocasión el economista Ernest Lluch, escribiendo la palabra mesa cobraba varias veces más que escribiendo la palabra catalana correspondiente, taula. El imperativo económico puede no parecer decisivo, pero los escritores tampoco viven de las bellas palabras. Una vez desaparecido el imperativo patriótico, la literatura catalana depende del imperativo técnico-sentimental y del imperativo económico. Cuando los escritores tengan que costearse sus propias ediciones, tal vez el fin esté próximo. Para paliar el problema económico de la literatura catalana se han propuesto tres soluciones.

     La primera es la subvención. El dinero público es tan bueno como el privado, pero sería como mínimo triste que el escritor se resignara a vivir del presupuesto de la Generalitat de Catalunya.

     La segunda solución son los guiones de televisión. Los géneros evolucionan, dicen sus partidarios, y tan literaria es una novela como una telenovela. Al fin y al cabo, se trata de ganarse la vida escribiendo, ¿no? Pues bien, no estoy seguro de eso; creo que existen diferencias esenciales entre un guión y una novela.

     Tercera solución: el cambio a medias, conocido con el espantoso nombre de diglosia. Existe una tradición secular de escritores que han practicado el periodismo en castellano y la literatura en catalán, una tradición que sigue vigente hoy en día. Esta opción compensatoria permite ganarse la vida escribiendo en castellano y, simultáneamente, ganar dinero -es decir, tiempo- para escribir en catalán. Prácticamente todos los escritores catalanes escriben en castellano cuando existe una demanda que vale la pena cubrir. Esta conferencia podría ser un ejemplo.

   Existen otras dos soluciones que resuelven el problema por la tangente. Una consiste en la sustitución lingüística, llámese traslado, deserción, cambio o retirada táctica. Suele decirse que el escritor no elige su lengua, sino que es la lengua la que lo elige a él, aforismo que yo mismo he suscrito en algunas ocasiones. Ahí están, no obstante, los casos de Vladimir Nabokov (que pasó del ruso al inglés), de Milan Kundera (que pasó del checo al francés) o de Joseph Conrad (que pasó del polaco al inglés, aunque estuvo a punto de elegir el francés). Los escritores que han pasado del catalán al castellano son aún más numerosos. El caso más flagrante es el de Don Eugenio d’Ors, que pasó de ser el más brillante escritor en catalán a escribir en castellano y acabó abrazando la causa franquista. Terenci Moix es un caso distinto, aunque ambos han sido excomulgados por el nacionalismo catalán. El cambio inverso, del castellano al catalán, bastante practicado en la Renaixença, es cada vez más raro, aunque podemos mencionar los casos recientes de Pere Gimferrer y de Eduard Màrquez. En todas esas mudanzas y transformaciones lingüísticas el problema más grave no es léxico, ni ortográfico, ni siquiera sintáctico, sino fonético, como sin duda habrán observado todos los hispanistas que me estén escuchando.

   La otra solución tangencial es la renuncia al profesionalismo. Consiste en cultivar la literatura en la soledad del estudio, los domingos por la tarde si es necesario, para construir una obra sólida, al margen del mercado y de las necesidades alimenticias. El caso paradigmático es Josep Vicenç Foix, que se mantuvo al mando de una confitería familiar mientras creaba una de las obras poéticas más perdurables de la literatura catalana. El caso opuesto es del de Josep Pla, quien, decidido a profesionalizarse con la escritura, se pasó al castellano cuando ésta se convirtió en la única lengua con la que podía ganarse el sustento.

   Vivimos inmersos en el discurso del mercado. El escritor en catalán es consciente de que, si no es traducido, su número de lectores es exiguo. De todos modos, para la mayoría de miembros de la generación más joven de escritores en catalán, la literatura no es ni una manera de ganarse la vida ni una actividad nacionalista. Personalmente, sostengo que la literatura es sobre todo un juego, aunque un juego serio. Una especie de sacerdocio lúdico.

   Los componentes económicos de la literatura nunca me han preocupado demasiado, aunque reconozco que pueden tener cierta importancia en la supervivencia de las literaturas en general. Un escritor catalán puede escribir en castellano por las mismas por las que un grupo de rock madrileño canta en inglés: porque la tradición es más sólida, y el mercado más amplio. Si no existen razones políticas ni económicas para escribir en catalán sólo quedan, insisto, razones sentimentales y técnicas.

   Un caso particular lo constituyen los escritores de mi generación, es decir, los nacidos poco antes o poco después del año 1963. Creo que vale la pena que nos detengamos en esta fecha. 1963 es el año en que aparece el primer elepé de los Beatles, y Rayuela, la influyente novela de Julio Cortázar; se trata, pues, de un año en cierta medida inaugural. Pero 1963 es también el año en que John Fitzgerald Kennedy es asesinado, y en que Tristan Tzara muere en París: el fin de una cierta esperanza y de las vanguardias. Los que nacimos alrededor de 1963 no luchamos contra Franco, entre otras razones porque pocos activistas políticos son menores de doce años. No obstante, sabemos perfectamente quién era, y algunos probamos el champán por primera vez con motivo de su muerte: al contrario que muchos escritores mayores que nosotros, no somos militantes; al contrario que muchos escritores más jóvenes, tampoco somos apolíticos. Durante la primera infancia fuimos educados en castellano, pero nuestra generación fue la primera después de la guerra civil que recibió clases de catalán, y en catalán: en mi caso por primera vez a los trece años.

   Por otra parte, en los años sesenta y setenta es cuando se producen las grandes migraciones de trabajadores castellanohablantes a Cataluña. Un resumen de la situación podría ser el siguiente: en mi casa sólo se hablaba catalán; en el aula de la escuela primaria -durante muchos años- sólo se hablaba castellano; con los amigos hablaba las dos lenguas con gran facilidad y comodidad, aunque -sospecho- cometiendo graves errores gramaticales.

   Estoy convencido de que mis relaciones con la lengua catalana son representativas de las que han mantenido muchos miembros de mi generación, de modo que prosigo. Como tantos otros adolescentes, yo también llevaba un diario personal donde escribía todo tipo de banalidades propias de la edad. En ocasiones lo abandonaba, para más tarde recuperarlo, pero siempre escribía en castellano. En la escuela primaria me enseñaron francés antes que catalán. ¿Cómo iba a escribir un diario personal, o cualquier otro texto, en una lengua que para mí existía únicamente en el estadio oral? A principios de siglo, Pompeu Fabra, el lingüista que estableció la gramática actual del catalán, se sorprendió cuando en un cajón encontró un libro escrito en la lengua en la que hablaba habitualmente. En los años setenta, a mí me ocurrió algo parecido: hablaba catalán, pero no estaba acostumbrado a leerlo; en cambio el castellano era mi idioma de cultura. Para algunos catalanes mayores que yo esta sensación es todavía habitual: para ellos el catalán es la lengua coloquial, y el castellano la lengua cultural.

   Algunos profesores de mi instituto de educación secundaria eran catalanes, otros eran aragoneses o andaluces. Conservo algunos cuentos escritos en la época en que cursaba educación secundaria, es decir, entre los trece y los diecisiete años. La mayoría están escritos en castellano, però alguno me atreví a escribirlo en catalán. Era una época de reivindicación política, en la que el antifranquismo se mezclaba indisolublemente con la recuperación de la lengua catalana. Para muchos de nosotros era humillante desconocer nuestra lengua materna: esta ignorancia era sencillamente una victoria de la dictadura franquista. Por otra parte, en el instituto de enseñanza secundaria el catalán ya no era una materia voluntarista, sino una asignatura, y no precisamente fácil. El resto de los libros (de historia, de matemáticas, de filosofía) estaban escritos en castellano. Cuando estaba en el curso preuniversitario, formé parte de un experimento docente llamado Literatura Catalana: una asignatura de nuevo cuño, una densa historia de la literatura nacional que empezaba en el siglo XIII y acababa en el siglo XX. Como muchos de mis compañeros de generación, mi formación es autodidacta: ni antes ni después de los diecisiete años he tenido ningún otro profesor de literatura catalana que aquél, cuya amistad todavía conservo.

   En la facultad de Ciencias de la Información donde estudié, impartían clase bastantes profesores sudamericanos: en castellano, por supuesto. Por lo que respecta al clima político, viví los inicios de la sustitución de los izquierdistas tardíos por los independentistas precoces. Quizá os sorprenda saber que en la Barcelona de los años ochenta, el Mayo francés de 1968 era todavía un referente importante. En aquella época las universidades de Barcelona eran bilingües, como lo son ahora: los exámenes y los trabajos de curso podían escribirse en catalán y en castellano. Allí conocí a una chica que me animó a inscribirme en una Asociación de Jóvenes Escritores en Lengua Catalana. No sé si aquello fue decisivo, pero sí que a partir de aquella experiencia empecé a escribir ficción en catalán con regularidad. Formaba parte de un grupo que escribía una novela colectiva, aproximadamente infinita, que por suerte nunca llegó a publicarse, ni siquiera a terminarse.

   Creo que por todo ello escribo en catalán. Formo parte de una generación intermedia, que no fue activamente antifranquista pero que recuerda perfectamente aquella época, que creció con naturalidad en el bilingüismo, que tuvo el catalán como lengua propia –materna-, y el castellano como lengua de cultura durante la educación primaria, y ambas lenguas después. Una generación que aprendió el catalán escrito por su cuenta, sobre la marcha, de manera autodidacta, por razones más sentimentales que políticas: porque es la lengua que sentíamos, y sentimos, como nuestra. Una generación, en suma, que ha leído y ha escrito por placer o por necesidad. De hecho, la mayoría de mis escritores favoritos de hoy en día no han estudiado Filología Catalana -una carrera bastante reciente, por otra parte.

   Por todo ello creo que los referentes de esta generación, a la que aquí represento sin que nadie me haya facultado para ello, son más universales. Hemos renunciado a la profesionalización como escritores, y a la noble pero ingrata tarea de “servir al país”. No escribimos para llenar lagunas, no deseamos captar lectores a cualquier precio, no creemos que la industria audiovisual tenga nada que ver con la literatura. Escribimos en catalán porque es la lengua con la que empezamos a hablar, la lengua con la que sentimos, pensamos, trabajamos, descansamos, detestamos y amamos. Escribir en otra lengua no nos parecería una traición, pero sí una estafa intelectual y una pérdida de autenticidad. Intentamos, sin vanidad pero también sin falsa modestia, aplacar nuestros demonios interiores, encontrar una voz propia, legar una obra perdurable. Nuestro objetivo es la literatura, no la mecanografía. El tiempo dirá si lo hemos conseguido.

   Ahora me doy cuenta de que he intentado explicar por qué escribo en catalán, pero no he arrojado mucha luz acerca de los motivos que me impulsan a escribir, o a leer. Aunque me queda poco tiempo, intentaré explicarlo.

   Cuando era estudiante, existía una asignatura llamada literatura. Para mí era una asignatura más, como la física o el inglés: algo que debía estudiar para poder ir de viaje de fin de curso. La asignatura llamada literatura no tenía ninguna relación conmigo, con mis anhelos o con mis intereses. Era una obligación más. Por mi cuenta y riesgo leía otros libros, que no tenían nada que ver con los de lectura obligatoria. Ahora sé que son aquellos libros (La isla del tesoro, Huckleberry Finn, Peter Pan o Los tres mosqueteros) que leía antes de dormirme, o el sábado por la mañana, ahora sé que eran y son aquellos libros la literatura. Lo que me enseñaban en clase no era literatura, sino sólo historia de la literatura nacional, casi siempre castellana. Por eso cuando alguno de aquellos antiguos profesores me confiesa que en aquella época nada les había hecho suponer que yo escribiría algún libro, yo estoy tentado de responderles: es que no tiene nada que ver, es que leer o escribir no tiene nada que ver con aquella lista de fechas, nombres, títulos y contextos históricos, con aquel bonito cementerio que ellos llamaban literatura. No, leer es darse cuenta de que aquello que creías haber descubierto lo había escrito alguien, y mejor que tú, quizá siglos antes. Leer es compartir el tiempo con personajes más reales que muchos de los fantasmas que pululan a nuestro alrededor. Leer es robar horas al sueño para viajar en el tiempo y en el espacio. Leer (y me refiero a leer ficción) es un medio de conocimento de ti, de mi, de nosotros, de vosotros y de los demás.

   Y escribir, escribir es necesitar escribir, no poder hacer otra cosa que escribir, sentir el oscuro placer de escribir. Escribir una frase que se te ha ocurrido y te ha gustado, o te ha herido en lo más íntimo, una frase que no entiendes, o que te sirve para entenderte, escribir una historia que te ha pasado por la cabeza, inventarte un personaje, o reinventarte a ti mismo, o a aquél, o a aquel otro, y que se te pasen las horas sin darte cuenta, y las obsesiones, y temblar de miedo cuando lo dejas leer a alguien, o de emoción cuando ganas un premio o ves el primer libro publicado, porque significa que a alguien le ha gustado, que alguien lo ha pasado bien leyendo aquella historia que tú necesitabas contar, o que has sentido placer de contar, o que dudabas si sabrías contar.

   Algunas personas opinan que leer no es más que una pasión inútil, un vicio impune. En realidad el principal defecto de leer es que no se trata de una actividad espectacular. Eso es cierto, pero se equivocan quienes piensen que es inútil, ya que a las personas que no leen se les nota en seguida. Son planas, amorfas, intercambiables; están hechas de una sola pieza, como fabricadas en serie, y hablan y se mueven como los personajes de las películas malas.

   Muchas gracias por vuestra atención.