Artículo En la periferia de la sensatez

   Para saber qué es Figueres basta con mirar un mapa. Enseguida veremos que se encuentra en la periferia de Europa, lejos de Madrid, a una cierta distancia de Barcelona y de Girona. Con el tiempo, los habitantes se han ido haciendo a la idea de vivir fuera de los centros de decisión política. Los que han sido tocados por una imaginación abundante han aprendido a trabajar solos, a construir sus proyectos prescindiendo del apoyo público, de las aplicaciones subvencionadas, del reconocimiento inmediato. La genialidad, en este caso, no es más que un eufemismo de la extravagancia, entendida como la orgullosa convicción de situarse en la periferia del poder, pero también de la sensatez.

   Esta conciencia de la propia extravagancia ha llevado a muchos figuerenses a volver la vista hacia la ciencia: como si una pátina científica pudiese compensar la feroz tendencia al arrebato. El primero que teorizó esta solución fue Salvador Dalí. Él mismo reconoció que su método paranoico-crítico era un intento de sistematizar el delirio. Cuando yo era niño, había oído a Dalí hablar tantas veces del ácido desoxirribonucleico que hasta que llegué al instituto estuve convencido de que aquella sustancia era un producto de su imaginación. Hasta mucho tiempo después no comprendí que muchas de las boutades que soltaba eran la destilación de una mente privilegiada, aunque resultaba difícil distinguir entre las declaraciones meramente escandalizadoras y las sentencias cargadas de sabiduría –si bien envueltas por un ingenio desvergonzado.

   Francesc Pujols, un filósofo periférico de Granollers –a quien Dalí dedicó el monumento situado frente a su museo–, escribió ya en 1918 sobre «el estilo que tiene la particularidad de que muchas veces, por no decir siempre, ni nosotros ni nadie puede decir si está escrito en serio o en broma». Se trata, en todo caso, de un estilo enraizado en Figueres y que siempre me ha recordado la patafísica, la ciencia de las soluciones imaginarias, la disciplina que no aspira a completar la ciencia, sino a transformarla. La patafísica parecía una excrecencia del surrealismo, pero ha acabado sobreviviéndole y ha tenido practicantes tan respetables como Raymond Queneau o Umberto Eco.

   No está en absoluto fuera de lugar considerar patafísico a Alexandre Deulofeu (1903-1978), el farmacéutico que ideó la Matemática de la Historia. Si cada grupo de seres vive, nace, crece, madura, envejece y muere con arreglo a unas leyes determinadas, ¿acaso no debe de haber, también, unas leyes que rijan la vida de los imperios? Según este químico, historiador y violinista, el movimiento aparentemente fortuito de las civilizaciones es, de hecho, una sinfonía biohistórica que repite los mismos movimientos a lo largo de los siglos, y que por lo tanto puede ser objeto de pronósticos. A finales de los años cuarenta, Deulofeu acertó al establecer que antes de que finalizara el siglo la URSS se disgregaría y Alemania volvería a ser una primera potencia. La Matemàtica de la Història tenía que constar de veintidós volúmenes, pero finalmente la redujo a ocho, pues temía no poder completarla.

   Al igual que Alexandre Deulofeu, Frederic Macau (1917-1970) compendia ciencia e imaginación. Extasiado ante la belleza de la curva que dibuja la bahía de Roses, este ingeniero de Caminos, Canales y Puertos adivinó que aquella curva tenía un origen matemático. Después de superponer numerosas fotografías verticales de la zona, Macau comprobó lo que hacía tiempo que sospechaba: que la bahía de Roses forma una elipse perfecta o, más bien, dos elipses tangentes a una recta situada aproximadamente en la mitad de la playa. Los ejes superiores de estas elipses miden 8,6 y 13,9 kilómetros, respectivamente, de manera que si los dividimos obtenemos su relación, que es 0,61870, es decir, la razón áurea, la divina proporción, la regla de oro de la belleza clásica.

   Figueres es pródiga en personajes que han destinado grandes dosis de energía a la especialización en ámbitos personalísimos, de escasa o nula utilidad. Nos referimos a individuos capaces de ofrecer construcciones mentales de una cierta profundidad, situadas entre la invención y el descubrimiento, sedimentadas tras años de lectura y de reflexión, y a menudo amparadas por citas de expertos de todo el mundo. En su ámbito de investigación, estos personajes brillan con una luz singular y muestran a los interlocutores pacientes un entusiasmo que, en dosis sostenibles, puede hacerse contagioso –si bien pocas veces recibe los honores que merece. En La balada del Sabater d’Ordis, el poeta Carles Fages de Climent resumió esta tendencia local en un decasílabo que ha hecho fortuna: «Beat aquell qui al món té una cabòria» (Feliz el que en el mundo tiene una quimera).

   Una quimera era precisamente lo que llevó a otro figuerense, Narcís Monturiol (1819-1885), a inventar y fabricar el primer submarino de la historia. Debido a la falta de recursos, sin embargo, el prototipo fue llevado al desguace, y los ojos de buey sirvieron finalmente para remodelar un lavabo. Si Monturiol hubiese vivido en Londres o en París, probablemente hubiese conseguido algo más, pero al ser figuerense sólo consiguió que bautizaran con su nombre a su calle, precisamente la misma en la que nació Dalí, en la que vivía Fages de Climent y en la que Deulofeu tenía su farmacia.

   En 1919 el escritor Pere Coromines escribió un breve volumen titulado Les gràcies de l'Empordà, en el que podemos leer: «Una de las gracias más sutiles de L’Empordà, pies para que os quiero, son las ocurrencias que no se le han ocurrido a nadie, los intentos que nadie ha tenido, las gestas que no han sucedido y los proyectos que nunca nadie realizará. Son mentiras que no son mentira, entelequias que se durmieron en el camino de la verdad, sin llegar a ella. Un escolástico diría que existían en potencia, sin convertirse en acto». La clave de este género literario es que, a pesar de dedicarle gran parte de su tiempo y de invertir en él esfuerzos considerables, el creador debe ser capaz de distanciarse de él con un escepticismo deportivo. Esta capacidad de creer sin creérselo, de considerar los propios descubrimientos con lo que podríamos llamar «fe irónica», es lo que sitúa a estas teorías en un territorio propio, equidistante entre la mera anécdota y la erudición estéril. «La paranoia forma parte esencial de nuestro genio», escribió en 1986 el abogado y periodista Narcís Pijoan, observador atento de la mentalidad figuerense. Según él, «esta ironía es necesaria al entusiasmo, como una corrección que lo mantenga en sus justos límites». Nos hallamos en el ámbito del juego serio, del rigor lúdico, del viaje hacia dentro que sorprende y supera al propio autor, de la verosimilitud conquistada paso a paso a base de recursos y de imaginación. Nos hallamos, en otras palabras, en el terreno de la literatura.

   La ironía es la alegría de los tristes, la solemnidad desinflada, la mejor terapia en épocas de crisis. Busca la verdad a través del humor, la transformación sin violencia. Según el filósofo Josep Ferrater Mora, «ironizamos cuando estamos desesperados». Reconocer los límites de la realidad puede ser el primer paso para modificarlos. Ante la tentación de lo absoluto, la ironía permite templarse, alejarse de uno mismo por amor a la mesura.

   Figueres puede ofrecer una ilustre nómina de especuladores ensimismados, de inofensivos catedráticos del rodal, de extravagantes del pensamiento faltos de tribuna, minuciosos sistematizadores de la confusión. No han tenido demasiada suerte, excepto Salvador Dalí, que se planteó la vida como un viaje progresivo hacia el centro –Madrid, París, Nueva York– antes del retorno triunfal a la periferia. Impermeables a la falta de reacción, insensibles ante el desinterés generalizado, los especuladores nativos continúan concentrando su experiencia, sus conocimientos y sus intuiciones en torno a una teoría despampanante, a un sistema desconocido que ordene de nuevo alguna faceta del universo. Preocuparse gravemente por una idea fija puede ser útil para resistir los ataques del mundo. Al fin y al cabo, como escribió René Daumal, «la risa del patafísico no es más que la expresión humana de la desesperación».