Una agencia de publicidad se hace autopromoción barata gracias a un video grabado de tapadillo en el Congreso de los Diputados y nos lo quiere colar como compromiso humanitario. Los medios han picado. Y, para colmo, el director creativo de la cosa asegura, con la falsa sorpresa del famoso fotografiado en bolas en la playa, que ve "un poco fuera de lugar" las reacciones que ha suscitado el montaje. Los situacionistas franceses de los 60 y los yippies americanos de los 70 – a los que copian descaradamente estos genios del anuncio - tenían el buen gusto de no embadurnar de moralina digestiva sus acciones gamberras para poner a la vista las contradicciones de la sociedad de consumo. Hoy, el gag del gracioso ha sustituido la crítica radical y los viejos textos de Guy Debord son saqueados por la mercadotecnia con ínfulas de revolución permanente.

Huyendo de este espectáculo tan rematadamente malo tengo la enorme suerte de encontrar un bálsamo muy adecuado. Se trata del último libro de Vicenç Pagès Jordà, titulado De Robinson Crusoe a Peter Pan. Un cànon de literatura juvenil. La obra es una reivindicación muy bien trabada de tres elementos que, sin duda, contribuyen a hacer de la existencia humana una aspiración de dignidad: la lectura, la imaginación y la aventura. Para concretar su propuesta, Pagès Jordà nos ofrece una lista de 28 títulos clásicos (Desde El libro de la jungla a Moby Dick, pasando por la obligada La isla del tesoro, entre otros) que constituyen las escalas más celebradas de lo que antaño fuera el gran viaje iniciático de alguien que se convertía en lector. En el libro, que será de gran utilidad para educadores pero también para un público cansado de subproductos ñoños, se lanza una pregunta que debería interpelar a muchos profesionales de las aulas, a muchos pedagogos, a todos los consellers y ministros del ramo, y a cualquier persona que no se resigne a vivir bajo el imperio del rebuzno: "¿Cómo es –se pregunta Pagès Jordà– que la sintonía de tantos autores del siglo XIX se mantuvo hasta la generación del baby boom?". Es verdad, los que andamos en la cuarentena descubrimos – gracias a Bruguera y Salvat – la magia de unos relatos que habían leído también nuestros padres y abuelos. Hoy, a nuestros hijos les recomiendan en el colegio algunos engendros ante los cuales no es de extrañar que prefieran un videojuego. En este sentido, no se pierdan el decálogo que Pagès Jordà ofrece y que se abre con una recomendación valiente: "Es preferible no leer cualquier cosa".

Los libros que nos hicieron soñar son hoy – sin pretenderlo - una forma bella de resistencia contra la tendencia general a convertir al estúpido en el gran héroe social.

La Vanguardia, 5-X-2006