Cuentos Camino del mar

(Este cuento forma parte del recopilatorio En companyia de l'altre [CAT].)

Su primer recuerdo: un avión precipitándose en picado tras una cerca de cipreses, al otro lado del río. El niño lo ha visto desde el camino, al lado del perro: un fulgor de metal rojo y blanco, una rúbrica en el cielo sin nubes, un ronroneo que ha aumentado hasta degenerar en gárgara y se ha detenido en seco para iniciar, tras un segundo de inmovilidad, la parábola del descenso. Poco antes de oír el avión (más bien una avioneta agrandada per la memoria) el perro se ha sobresaltado y un chico en bicicleta les ha pasado rozando como si no los hubiera visto. En un instante el sobresalto se ha transformado en deseo de bicicleta: el niño envidia el cuerpo inclinado sobre el manillar, el pelo que el viento proyecta hacia atrás, la postura tensa y armoniosa, la mirada concentrada en las irregularidades del terreno. El sol se ha reflejado en los pedales antes de que la bicicleta se perdiera entre las cañas, silenciosa y enigmática como surgida de una película en cámara lenta.

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Ha bajado por la calle, ha dejado atrás el olor del asadero, el taller mecánico, el puesto de fruta, el puente y ha llegado al camino. Con el brazo estirado arranca tallos de hinojo, que su mano lleva a la boca: dulce amargor. A la izquierda del camino, un cañizal discurre paralelo al río. A la derecha, hileras de perales, de manzanos, de girasoles abatidos por el calor. Cuando se acaban los campos, las cañas se inclinan a ambos lados sobre el niño, que se figura que atraviesa un túnel de lanzas. No tiene mucha maña agachando la cabeza sobre el manillar para evitar las cañas que le buscan los ojos. La bicicleta se la han traído los Reyes Magos porque ha sido bueno y papá y mamá apenas le han reñido durante las últimas semanas. Siente como la brisa marina vibra en sus orejas. Cuando el viento silba en el cañizal, el ruido recuerda a la corriente de un río; cuando atraviesa los olmos, en cambio, lo que trae a la mente es un aguacero de primavera. El niño siente también su respiración agitada y el chasquido de la cadena cuando cambia de plato. Ahora levanta el cuerpo y lo balancea al ritmo de los pedales, tal como se mueven los ciclistas en la recta final. Coge tanta velocidad que casi arrolla a un niño que camina medio oculto por las cañas. Salir del cañizal es como una liberación. A su izquierda, el verde sucio del río, viejo y calmoso, imperturbable. A su derecha, huertos de lechugas y tomates. Lo que más le gusta es dejar de pedalear, agarrar el manillar con fuerza y cerrar los ojos hasta que la bicicleta se detiene. Entonces mira el río y se pregunta si falta mucho para llegar al mar. Con la bicicleta ha ganado autonomía: invirtiendo el mismo tiempo alcanza más distancia que andando. Ahora intenta acompasar la respiración y los movimientos. Bajo la visera de la gorra se acerca un chico montado en un caballo alazán, largo de patas y con la cola trenzada y nerviosa. Cuanto más se acerca, más diminuto se siente el niño en comparación con el animal, que ahora mueve la cabeza arriba y abajo, com si se burlara de él. Admira el gesto altivo del jinete, el acuerdo que muestra con el caballo. Cuando pasan por su lado, la bicicleta revela su auténtica dimensión: un amasijo de hierros. El gesto mecánico del pedaleo se le antoja ahora de una minuciosa ridiculez.

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Ha aprobado el bachillerato por una sola razón: su padre le había prometido un caballo si lo conseguía. Han ido a buscarlo los dos a la hípica: es joven, tiene la mirada leal y músculos de campeón. El chico se fija sobre todo en las orejas -alzadas con perplejidad- y en los largos párpados. Emprende el camino del mar y disfruta de una nueva perspectiva: ahora ve los olmos, los huertos y las cañas desde más altura. Percibe mejor los alrededores del camino, descubre una cabaña oculta por los matorrales y un grupo de gaviotas flotando en el centro del río, pero ahora se ha parado. Ha notado un cambio en la vegetación: los pinos presagian la proximidad del mar. No lo ve, pero lo huele. Ignora cómo reaccionará el caballo en contacto con el agua y la arena. En un espacio tan grande podría desbocarse, y él no se siente seguro de poder dominarlo. Cuando regresa al pueblo se cruza con un chico que monta una bicicleta. Se siente superior sobre la silla, y mira hacia delante con dureza, mezcla de cowboy crepuscular y de aristócrata que regresa de la caza del zorro.

   Poco antes de llegar al puente el caballo alza las orejas. Él también lo oye: un ruido metálico sin un origen definido. Mira hacia arriba y, por un momento, se ve tal como debe verlo el aviador: un punto en el camino, medio escondido por las cañas. El caballo levanta una pata y relincha. El chico se siente impregnado del deseo de contemplar el mundo desde el cielo.

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La avioneta es una Cessna, pequeña pero coqueta. Ha sido su único estímulo para acabar la carrera universitaria. En el primer vuelo que realiza en solitario, después del cursillo, enfila el camino de siempre: quiere ver el mar desde las nubes. Nunca se había sentido tan suelto. Puede volar en todas direcciones, sin cañas que le molesten, ni bicicletas que le sorprendan, ni caballos que minen su ego. La sensación de desprendimiento va acompañada de una perspectiva que debe parecerse a la de los dioses. Es omnisciente: no se le escapa ni un tractor arando, ni una masía abandonada, ni un grupo de ciclistas que salen del camping. Sigue el camino un poco decantado hacia la izquierda, por encima del río. Cuando mira abajo y le parece ver a un jinete y su caballo, intuye que algo va mal. Instantes después el motor fallará, la palanca de control no responderá y, más allá del delta, el mar lo abrazará con fuerza porque habrá llegado al final del viaje.

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