(Relato inédito)
-Pues mira, chica, yo, no es por nada, pero es de aquel tipo de mujeres que, francamente, qué quieres que te diga, en fin, yo no es que me tenga por gran cosa, ya hace tiempo que nos conocemos, pero a su lado, sabes qué te digo, mira, el día de la cena, por ejemplo, todo el rato al lado de la maestra, y es que parece que haga puntos todo el día, sabes qué te digo, y los niños siempre de punta en blanco, oye, que cada uno los viste como quiere, ahí no me meto, pero es que se da aquellos aires, y el camafeo, tú también te has fijado, ¿no?, es que me atosiga con el camafeo, que seguro que se lo vendieron en las rebajas, y siempre lo lleva encima, lo mismo con un jersey o con un abrigo o con aquella chaqueta que le va pequeña, sí, la verde, que está convencida de que va a la moda y parece que se la hayan regalado en Cáritas, y ya lo sabes tú que no exagero.
Altura al nivel de mar: tantos metros. Por bueno que sea un libro, cuesta leerlo cuando hay una auténtica cotorra gárrula tan cerca. Bueno, no soy sordo, o sea que a aguantar. Basta de libro.
-¿Y a tú te parece bien eso de comprarle "un detallito" a la maestra? Como si no cobraran bastante los maestros, ¿no te parece? "Un detallito de nada", como dice ella. A veces parece que el dinero brote de los árboles, no te digo. Aunque cualquiera la deja suelta. Vete a saber qué le compraría, ella. Un trasto sin ton ni son, eso fijo. Yo, mira, si estoy en en baile voy a bailar, ¿sabes lo que te digo? No voy a quedarme fuera. Ya me explicarás cómo vamos a quedar si unas cuantas le compran un regalo y otras no. Ahora solo me faltaba eso. Ya voy bastante ajetreada, y ale, el cursillo y el “detallito” de las narices. Que eso del cursillo es otra. Sí, claro que es voluntario. Como no vayas, te vas a enterar de si es voluntario. Después ve a pedir un cambio de turno o cualquiera cosa y te lo restregarán por los morros, fijo que sí.
Altura al nivel de mar: tantos metros. No bajará, no, la cotorra garruladora. Y no, eso no se considera una buena obra. De ninguna manera. Aguantar esta cháchara como quien oye llover no cuenta. No. Debe haber sentimiento, contacto, compenetración. El bar más sórdido que he visto nunca. La estufa de butano, los vasos con los dedos marcados, el lavabo sin luz. Unos macarrones que daban pena. Pan de pacotilla, flan duro y cafè aguado. Eso sí, la televisión, a volumen de geriátrico. Y el pobre de espíritu que formula la gran pregunta, la más triste de todas.
-Pues mira, yo ya he pensado en una tienda donde venden artículos para el hogar. Tapetes, jarrones, flores secas, teléfonos de época, ¿sabes qué te digo? Es que, cuando una tiene nuestra edad, las cosas útiles, que son las que nos gusta elegir, pues ya las tenemos. En cambio una cosita bonita no es un engorro, y a veces una no la compraría aunque agradece que se la regalen. Mira, si tenemos un rato, después del cursillo vamos a dar una vuelta.
Altura sobre el nivel del mar: tantos metros. Pobre abuelo, sientése aquí, a mi lado, que hay sitio. Mírala, como frunce la nariz. Mueve las rodillas, garrulita, que tenemos que caber todos. Ya era hora de que callaras. El jersey abierto, la camisa a cuadros, los tejanos descoloridos, las zapatillas que sonríen. Con este tufo de vejez, de ropa mal lavada, de casa poco ventilada, de alcoba desnuda y enmohecida: rozando la indigencia. ¿Quién va a hablar de detallitos, ahora? Un abuelo que también podría haber formulado la gran pregunta: “Perdone, ¿tendrán abierto por Navidad?” Un lugar tan cochambroso, tan polvoriento, tan abrumadoramente fétido y denigrante, y él lo había elegido para la comida de Navidad. El pobre de espíritu. Entonces lo vi claro. Debes hacer alguna cosa. No necesariamente con éste. Cualquier otro pobre de espíritu servirá. Antes de Navidad debes hacer alguna cosa, un gesto, una acción, una frase, lo que sea. Y falta una semana.
-Es lo que te decía. Cuando nos vemos todas las madres, tú propón un regalo así, para el hogar, y yo en seguida hablaré de la tienda esta, que la lleva una amiga mía que siempre me hace descuento. No te preocupes, que ya hablaré con las otras. Todo sea por no comprar una cursilada de camafeo, ¿sabes lo que te digo?
Cada uno sobrevive como puede. No basta con intentar concentrar la atención en el tapizado azul marino del vagón, en los dibujos geométricos de color rojo, amarillo y azul claro, que se repite también sobre el suelo pisado y vuelto a pisar. En ocasiones basta con recordar, repetirse títulos de película, o estaciones de metro, o ciudades donde no he estado. Pero la cotorrita gárrula es superior.
-¿Y su marido? ¿Te has fijado cómo lo lleva? Como un rajá. Sí que parece alto, pero es que le pasa más de un palmo a ella, que es un tapón. Y bien vestido, sí, como todos los viajantes, que se ponen la corbata el lunes y no se la quitan hasta el viernes. La misma, quiero decir. Es que, francamente, piensan que cualquiera americana va bien y la verdad es que el hombre tiene una pinta que parece que acaba de salir de presidio. Y te lo digo sin ánimo de criticar, que ya nos conocemos.
A mi lado se ha oído un chisporroteo líquido, un borborigmo pastoso, como cuando el fregadero se traga el agua sucia de los platos: un ruido de burbujas retenidas que encuentran salida, de migas mojadas, un borbotón sordo, apagado por la ropa y por el traqueteo. Han sido tan solo tres o cuatro flatulencias tímidas. La cotorra ha callado de repente pero ha sido cosa de un momento.
-¿Te acuerdas de los pantalones que llevaba el día de la cena? Si es que no se sabía si se le habían encongido o si eran de su hijo. Que cuando se sentó se le veían las piernas por encima de aquellos calcetines, que por cierto eran de rombos y mira que.
Ahora ha sido largo y grave como un solo de toba, y sin ninguna duda posible: el borboteo intestinal.
-Pues vaya –dice el viejo.
El hedor nos ha rodeado con la morbidez de una noche de verano, y en seguida ha iniciado un forcejeo desesperado por introducirse dentro de nuestros cuerpos, con violencia muda, a través de la nariz. Ahora se expande y gana territorio, cálida y viscosa, densa y opaca. Se siente en la lengua, llena el estómago y forma arcadas que se agrupan pero que por ahora no acaban de resolverse. La cotorra se levanta y desaparece de esta historia. En su asiento han quedado tres o cuatro cabellos largos, pegados a la tapicería. La otra mujer no tarda en seguirla.
-Lo siento –dice el abuelo-, de verdad que lo siento. La semana pasada me ocurrió lo mismo.
Yo no me muevo ni un milímetro. Es mi contribución.
-Al final tendré que ponerme pañales.
La hediondez se va abriendo camino e inunda mis pulmones. Saco fuerzas de fatiga y aguanto las náuseas que se me acumulan en la garganta. Me cuesta mantenerme en mi lugar, pero he encontrado a mi pobre de espíritu y sé lo que debo hacer.
-Me parece que la mía es esta –dice el abuelo al cabo de una rato.
-Le acompaño.
Cuando el viejo se levanta, siento una nueva oleada de hedor, como si estuviese escondido en el asiento, esperando la ocasión. Pero es la última. Ahora sobrevuelo el asco con la facilidad de un águila honesta. El abuelo camina a pasos cortos. Lo sigo por el pasillo, demasado estrecho para poder situarme a su lado. La mayoría de los pasajeros, viles o quizá delicados, miran por la ventana, como si así pudieran suavizar la ignominia. No localizo a la cotorra: habrá cambiado de vagón. Lentos e invisibles como ángeles, llegamos a la plataforma de salida. Ya estamos en la estación. Pulso el botón, la puerta se abre y el viejo baja con una calma que se asemeja mucho a la dignidad. Me gustaría que girase su cabeza para comunicarle algo en silencio, con un gesto transcendente: comprensión u orgullo o entereza. Pero el viejo se aleja como un robot, moviendo los pies con lentitud por el andén, hasta que la oscuridad lo engulle.
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